Por meses, los narcos han invadido zonas rurales cochabambinas y han hecho de las suyas sin que el gobierno de Evo Morales les ponga un alto. Desde Pantipata hasta el parque Tunari, las fábricas de cocaína funcionan permanentemente, y sus desechos han estado contaminando el agua con que los campesinos deberían regar sus cultivos. La situación es tan prometedora para quien quiera dedicarse al narcotráfico, que la población de Pantipata, según estimaciones, podría haberse triplicado en los últimos meses.
De nada ha servido la investigación y las denuncias de legisladores como Arturo Murillo, ni de ciudadanos, analistas y comunicadores; el negocio basado en la “hoja sagrada” se ha vuelto casi intocable, y las incautaciones y descubrimientos de fábricas, realizados por las fuerzas de lucha contra el narcotráfico, no son más que espectáculos para mantener contentos y con una falsa tranquilidad, a ciudadanos, a organismos internacionales y a la comunidad internacional. Estos operativos son apenas un pequeño rasguño contra un negocio que ha proliferado excesivamente, gracias a un gobierno que no tiene la más mínima voluntad de enfrentarlo de manera contundente.
En una noticia de ayer en este mismo periódico, nos enteramos de otra región de Bolivia que esta sufriendo los mismos dramas, y tal vez peores dado su alejamiento de las zonas urbanas. Se trata de San Matías, provincia fronteriza con Brasil, en la que hace más de un año operan bandas de narcotraficantes en complicidad con el alcalde masista y los militares, y con la colaboración de delincuentes brasileros.
El drama de San Matías es aun mayor al de Pantipata, puesto que hablamos de una región a donde la única institucionalidad estatal que llega son la alcaldía y el ejército, pero que al estar implicadas en el delito, lejos de mejorar la situación de los ciudadanos honestos, lo que hacen es empeorarla aterrorizándolos y sometiéndolos.
Es un secreto a voces que sicarios de toda calaña se asesinan entre sí, o desaparecen a ciudadanos que de pronto pudieran volverse incómodos para sus negocios.
El último operativo realizado por las fuerzas de lucha contra el narcotráfico fue un rotundo fracaso, puesto que no se logró incautar ni droga, ni dinero, ni ningún bien que pudiera demostrar nada. Claro, seguramente el alcalde de San Matías tiene amigos en el gobierno, y logro enterarse del operativo que se pondría en marcha, y alertar a todos los miembros de la mafia para que pudieran poner sus intereses, y a ellos mismos, a buen recaudo.
Pero el narcotráfico no es el único negocio prospero que se practica en San Matías, también el contrabando de combustible es una de las principales actividades por las que alcalde y militares se enriquecen a sus anchas. La subvención que abarata el combustible boliviano les permite venderlo en el lado brasilero de la frontera a precios inmejorables, robando el dinero de los bolivianos que somos, finalmente, quienes subvencionamos los hidrocarburos.
¿Por qué la gente no dice nada?, ¿Por qué no llueven las denuncias de los pobladores? Es obvio, los militares y las autoridades han establecido un régimen de terror para, precisamente, evitar que la información salga a la luz. Nadie quiere jugar al héroe y terminar enterrado, sino botado, en la selva.
En cuatro años de gobierno del MAS, hemos podido constatar que su política sobre drogas se basa en la premisa de hacerse a los de la vista gorda, y organizar shows anti-narcóticos de vez en cuando para disimular. Las mafias de narcos, y de contrabandistas, encabezadas hasta por ministros (Juan Camión Quintana), han encontrado en Bolivia un paraíso a donde operar con mínimos riesgos y grandes posibilidades de éxito. Tenga usted la seguridad de que esta política no va a cambiar, de volver Evo Morales a hacerse cargo de ella. ¿Acaso no era obvio? un cocalero nunca lucharía contra el narcotráfico y la coca ilegal.
Hoy, San Matías, igual que otras regiones de Bolivia, es un lugar a donde las personas están sometidas al narcotráfico, al la bota militar y al terror, por causa de delincuentes que lo único que buscan es enriquecerse a toda costa con el beneplácito, sino la complicidad, del gobierno mas desastroso de nuestra era democrática.