En los últimos días, los medios nos han atiborrado con todos los malos discursos pronunciados por nuestro Presidente y sus amigos del desastre del siglo XXI. Los discursos encendidos anti-imperialistas, las declaraciones belicosas e irrespetuosas hacia la República de Honduras, y las hipócritas alusiones a la libertad, convirtieron la celebración de los 200 años del grito libertario paceño, en una especie de circo de estilo surrealista. “Libertad” es una palabra que queda atorada en las gargantas de los totalitarios, pues no saben lo que significa, y cuando lo saben la sola idea de su existencia los asfixia. Son los amigos de la dinastía Castro quienes vinieron a hablar de libertad a Bolivia, los que cierran medios, persiguen opositores, prohíben la libre difusión de ideas, y en fin, desprecian el pluralismo y la libertad más que cualquier otro valor humano.
En realidad Evo Morales y los presidentes que vinieron a animarle la fiesta, se parecen mucho más a los monarcas de la antigüedad que a los valientes patriotas que dieron su vida por la libertad. Igual que los reyes, nuestros populistas acumulan todo el poder que pueden en sus manos, siempre con la supuesta intención de hacer el bien pero, demostrado está, el poder corrompe, y cuando se encuentra en una concentración excesiva en las manos de alguien, los abusos y las arbitrariedades aparecen como hongos en días de lluvia. Con pretenciosa arrogancia, y con la soberbia de falsos dioses, pretenden ser guías de los individuos, creen saber mejor que cada persona qué es lo que le conviene, que está bien y que está mal, cuánto es lo que debe ambicionar y cuánto no, cómo debe pensar y comportarse, y qué es lo que debe decir.
Todo ello lo pretenden mientras viven con las comodidades, la riqueza y los lujos que les pagan sus pueblos. Mientras a Bolivia se le dice que perder 25 millones de dólares por la ausencia de ATPDEA es insignificante, ellos gastan muchos millones más en sus campañas para hacerse reelegir, en aviones para viajar cuando les place, y en prebendas para mantener fieles a sus seguidores.
Ahora, para colmo, se creen libertadores. Estamos seguros de que Simón Bolívar, el único libertador de estas tierras, les diría: ¡Carajos! Para ser libertadores tendrían que atravesar los andes de ida y vuelta a caballo.
Pero a estos gorilas de salón, el cuero no les daría ni para un galope.
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