Problemas como el suscitado recientemente en Honduras, nos hacen pensar aún con mayor preocupación respecto de la necesidad de crear mecanismos mucho más sólidos y eficientes para consolidar la institucionalidad republicana de los países, la cultura política y las tradiciones democráticas de nuestras sociedades.
El Presidente Manuel Zelaya había propuesto la realización de un plebiscito para posibilitar la ruptura del límite constitucional del período de gobierno, es decir, para permanecer por mayor tiempo en el poder, a través de la realización de una Asamblea Constituyente que reforme la Constitución hondureña. Esta propuesta, naturalmente, por romper el orden constitucional, fue rechazada tanto por el Congreso hondureño, como por el Tribunal Supremo Electoral, la Corte Suprema, la Procuradoría General, la Fiscalía General, la FFAA, y otras instituciones del país. Sin embargo, el presidente Zelaya mantuvo en pie su resolución de llevar adelante el plebiscito, incluso amenazando al Presidente del Congreso con destituirlo a través de un decreto.
Ayer domingo 28 de junio, después de un enfrentamiento de aproximadamente 30 minutos con la guardia presidencial, un grupo de militares arrestaron a Zelaya, en lo que aparentemente sería un golpe de Estado.
Esto pone en evidencia la debilidad de las instituciones en nuestros países, puesto que si bien el Presidente hondureño se empecinó en cometer un acto ilegal, violando la Constitución de su país, deberían ser mecanismos y procesos constitucionales los que permitieran evitarlo. Ningún gobernante debería tener el poder o la autoridad suficiente para gobernar como le plazca y llevar adelante cualquier tipo de medidas por encima del orden legal republicano, pero esos límites al poder tendrían que ser el fruto de la aplicación de las mismas leyes, y no debería ser necesario que, para establecerlos, se tenga que llevar adelante acciones que son igualmente violatorias del orden constitucional.
El Presidente Zelaya, al violar su Constitución, ha deslegitimado el mandato que los ciudadanos hondureños le encomendaron y, en ese caso, es él quien habría llevado adelante un golpe de Estado contra el orden legal. Pero al haber sido alejado de la Presidencia a través de una acción militar, alejada de los mecanismos legales del país, tampoco se está haciendo mucho por restituir el orden constitucional, puesto que se trata de un golpe de Estado contra un representante elegido en democracia.
Manifestamos nuestro deseo de pronta restitución del orden constitucional en la República de Honduras, y alertamos sobre la urgencia de generar mecanismos para que quienes asumen el poder a través de ese orden constitucional, no lo utilicen para romperlo cuando y como les plazca, y si lo intentaran, que sean procedimientos y vías legales las que los retiren del mandato.
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