Sobre una columna publicada por María Lourdes Zabala Canedo, titulada “Paridad de género: la última frontera” (16 de abril en esta sección), y como partidario de las reivindicaciones de las mujeres, creo que es necesario hacer algunas puntualizaciones. En la participación de las mujeres en política es distinto hablar de libertad, oportunidad o garantía. La libertad consiste en que toda mujer pueda optar por emprender una carrera política si que terceros se lo impidan. La ausencia de individuos, grupos de individuos o instituciones que, a través de cualquier forma de coerción, pretendan evitar que una persona tome sus decisiones, es el elemento neurálgico de la libertad individual. Afortunadamente, y con excepción de la restricción constitucional de tener que hablar dos idiomas oficiales, las bolivianas, y también los bolivianos, aún gozamos de la libertad de participar en política de distintas formas.
Muy diferente es la existencia de oportunidades para hacer efectiva esa libertad. Un mendigo es más libre que un conscripto, puesto que a pesar de tener comida, techo y vestido, el segundo está sometido a la jerarquía militar, mientras que el mendigo no tiene superiores a quienes deba subordinación ni constancia alguna. Sin embargo, a un mendigo probablemente talentoso, con determinadas expectativas individuales, pero sin oportunidades de alcanzarlas por más esfuerzo y talento que pretenda empeñar, podría parecerle absolutamente inútil su libertad, y hasta podría verse tentado a entregarla total o parcialmente a cambio de cierta seguridad. Entonces, ahí radica la importancia de las oportunidades y, en el caso de la equidad de género, de la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres; que ambos, sin importar su condición sexual, y haciendo uso de su libertad, puedan acceder a cualquiera de los posibles caminos que llevan a iniciar una carrera política. Ya sea a partir de la dirigencia de una OTB, de un sindicato, de un medio de comunicación, de un grupo político u otros, que las mujeres tengan la oportunidad de hacer conocer sus ideas y propuestas, mostrar su talento, empeñar su esfuerzo, y convencer a los ciudadanos de pueden ser líderes y autoridades iguales y mejores que los hombres. Esa es la igualdad de oportunidades.
Diferente es exigir que las mujeres, sin importar si se lo han ganado o no, si han empeñado talento y esfuerzo o no, obtengan, por ley, el 50% de la administración pública. Eso ya no es igualdad de oportunidades, eso es pedirle al Estado que garantice la presencia de mujeres en el gobierno, aún si ellas no han hecho ningún mérito para merecerla.
Tengo muchísimo respeto y admiración por las mujeres, y creo que ellas no son ni inválidas ni menos talentosas que nosotros como para necesitar de legislaciones especiales que les garanticen su presencia en esferas gubernativas. Prueba de ello son Margaret Tatcher (mi admirada Dama de Hierro), Hillary Clinton, Michelle Bachelet o muchas otras. Creo que las mujeres pueden alcanzar, no sólo el 50% de los cargos políticos, sino lo que ellas quieran, pero en base a la demostración de sus dotes políticas, mostrando que son mejores que los hombres, porque efectivamente pueden serlo, y no porque ellos se los concedan graciosamente; de otra forma estamos atacando los efectos y no las causas del problema de la poca presencia de mujeres en política, y con esa estrategia las mujeres no van a llegar a ningún lado, y no van a poder demostrar su verdadero valor.
¿Cuáles son las causas? Creo que las conocemos todos, nuestra sociedad aún es una sociedad machista, en la que todavía se les enseña a los hijos divisiones ridículas de lo que tienen que hacer los niños, y lo otro, muy diferente, que tienen que hacer las niñas. Los hombres creen que cuidar a los hijos o cocinar son trabajos de mujeres, y que enseñar eso a los hijos varones es afeminarlos. Las mismas mujeres, cuando están a cargo de los hijos, les enseñan a las hijas que ellas deben evitar los trabajos de hombres porque se van a “amachar”. Gran parte de los hombres bolivianos detestarían la posibilidad de que su jefe fuera mujer y, si lo fuera, les merecería menor respeto que si fuera un hombre. En los restaurantes, a la hora de ordenar o de pedir la cuenta, siempre se nos mira a los varones, como si nuestras compañeras no tuvieran voluntad propia. Si vamos al servicio mecánico, o a hablar con los constructores, y somos mujeres, nos miran con cara de que no sabemos nada y nos ignoran, y miran a los hombres como si fueran la máxima autoridad en esos asuntos. En fin, todo esto demuestra que debemos cambiar nosotros mismos y no maleducar a nuestros hijos, y que nada lograremos con leyes o decretos.
¡Adelante mujeres! Creo en ustedes, y con lo mal que lo están haciendo los hombres, no tienen mucha competencia.